La distancia, con parsimonia,
hasta al más brillante de los amores,
a oscuras deja en la memoria.
Un niño viajaba entre rosales y plazas grises, contemplando con ojos absortos las siluetas que vagaban por las calles sin sentido y llenaba sus días de sueños y mentiras mientras su diario registraba, más que todo, silencios. Su patio de juegos era ancho y ajeno como la pantalla de un filme repetido n veces con variantes de personajes, parlamentos, tiempos y lugares, en un constante ir y venir que, inmutablemente, regresaban al mismo punto tal como se regresa al hacer un círculo en el mar.