Exhortados por el deseo,
comparecemos
en el lugar preciso
que nos asigna la noche.
En nuestra piel,
la llave de lo que no pertenece.
Conscientes,
cavamos perímetros
y equilibramos alcores
hasta desangrarnos
y revivirnos.
Y de ahí quedamos,
prendidos
en el instante
de la isla efímera del tacto.


