Sobre la ciudad llovían noviembres.
Las calles, a media luz,
invitaban a demorarse entre sus sombras.
Escoltado por el aire deambulé,
suspendido en mi espíritu.
En la distancia,
el recoleto jardín que frecuentamos
era un estampa que,
a través de la mirada,
me contagiaba de invierno.
Un sol desdibujado,
armonizaba con la fatiga que,
lentamente, acanalaba mis entrañas;
mientras mis pasos, abreviados,
temían allegarse hasta la casa,
donde sabía que, con los brazos abiertos,
me recibiría tu ausencia.
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