Te pasas el día pensando en el beso, en el beso de la mujer que te gusta tanto. Tienes las ganas tan palpables que pareces un animal salvaje. Entonces comienzas a imaginar el beso como un mordisco más que una expresión de amor. Sigue siendo erótico, pero ya no sutil.
Podemos convertir el gesto en una leyenda, utilizando bien el alma o la lengua. El asunto es que tenemos tantas ganas, que las ganas mismas comienzan a arder y luego a evaporarce. - ¿Qué nos queda? - Una nube del deseo cargada de rayos, relámpagos y escombros labiales.
Mientras transcurre el día nos afecta varios factores. El clima, la vecina, el hombre que te ha quitado el turno en el parqueo, la llamada de tu amigo recordándote la reunión de mañana...
Mueres... el día es tan agotador que mueres, no puedes recordar las ganas; y la luna adorna el cielo mirándote a los ojos, tu pasión, tus hormonas, tu llama está tan apagada que puedes esparcir las cenizas por todo el cosmos. Entonces llega el final del día, tienes la chaqueta en la mano y la corbata a media asta. Llevas los zapatos sucios y el reloj sin baterías.
Aspiras su perfume, su feromona afrodisiaca. Te transportas, se te hace agua la boca, el paladar te exige su piel y su piel cubre la tuya. Te pasas el día pensando en el beso y cuando la besas ya no piensas en nada, incluso tu reloj vuelve y anda.

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