martes, 27 de enero de 2009

Noche de salamandras

Sin ti
transito abismos inclementes,
galerías donde el sol
jamás posó sus rayos,
caóticas veredas
en las que peregrino
contando pasos,
hasta que mueren las cifras.
Mientras, por las orillas,
se multiplican las salamandras.
Sin ti
la aridez que me abarca
deserta de hallar alcores de agua
y al alba expiró el venero
que nutría mis corolas.
Sin ti
la sonrisa se ahogó
en la marisma de los ojos.
Y, arrebatada,
la soledad radica
en mis páramos sus divisas.
Hoy, sin ti,
no hay huracán
que me arranque del abandono
y me allegue a otra tierra,
donde nunca se supo de tu nombre.

sábado, 24 de enero de 2009

Llover corazones

Tus lentas manos
aceleran mi corazón
embelesado.
Sobre mí tez descienden
como lluvia de abril,
anegando de emoción
a este ser que, cautivado,
te contempla
y que perdida tenía la fe
en amores trasnochados.
Ahora, la piel recobra,
a pétalos, la juventud;
mientras, como rosas,
la pasión aflora
en el vientre arrebatado.

miércoles, 21 de enero de 2009

Mísera de estrellas...

Mísera de estrellas,
esta noche potente
que a su guarida
me arrastra.
En el firmamento del alma
no hay voluntad que,
a fuerza de albores,
evite mi caída.
Y desciendo
a ese abismo donde,
soberana,
se recrea la tristeza.

jueves, 15 de enero de 2009

Te veré mañana...

Te veré mañana...
Aguárdame en la hora más tenebrosa de la soledad esclarecida.
Presiénteme constante a tu costado, allá en las aristas del crepúsculo,
o en la incomparable cerrazón de la madrugada.
Espérame en la última frontera de esa pasión que nos puebla.
Te veré mañana...
Aunque se desvanezcan bajo mis huellas los caminos
y sólo al espíritu quede fortaleza para a ti allegarme.
No podrán detenerme tempestades ni mareas;
ni siquiera las multitudes en los andenes.
Espérame a la diestra de vergeles decadentes
o en las exuberantes ramas de la aurora.
Mi fervor conquistará rompientes
como fragata en pos de una isla en la esperanza.
Te veré mañana...
Aunque haya de arrancar, una a una, las espinas al exilio.
Espérame que iré, aunque la nieve de tu olvido escinda mis alas.

lunes, 12 de enero de 2009

El alma erguida

Pábulo no demos a esta despedida.
Mantengamos la frente alta
y el alma erguida.
Exhibamos a dúo las falsas sonrisas:
la que yerra por tu boca,
la que en mis labios se marchita.
Roja flor, perdiendo pétalos
a favor de las espinas.
Erijamos sin demora
fronteras equitativas.
Y aislémonos a suturar
cada cual su propia herida.
A medias
matamos una pasión que,
cuando briosa germinaba,
en dulce fuego nos consumía.
Y ahora, llegado el crepúsculo,
nos sucumbió el amor,
tras lenta agonía.
Y aunque de acuerdo estemos
en que este adiós nos deja
las entrañas doloridas,
sabedores somos
que el desamor que nos dedicábamos
infinitamente más dolía.
Pábulo no demos a esta despedida.
Mantengamos la frente alta
y el alma erguida.

jueves, 8 de enero de 2009

Sencillo poema de amor

No sé si lo sabes,
pero tus brazos son las frazadas
que me abrigan en mis noches de invierno.
Y tu voz me arrulla, cuando,
veleidoso, se esfuma el sueño.
No sé si lo sabes,
pero son tus besos
los que a mi vida insuflan aliento,
son tus caricias el acicate
que me insta a levantarme
cuando mi yo sólo ambiciona
quedarse entre las garras de la melancolía malviviendo.
No sé si lo sabes,
pero actúas en todos mis ensueños.
Me contagias de vida, me alzas vuelo.
No sé si lo sabes,
pero tienes la llave
que enciende la luz de mis ojos negros.
Y en mi piel se refleja todo el amor
que por ti yo siento.
No sé si lo sabes,
pero mi sonrisa ante ti florece
y las lágrimas, a fuerza de ti,
pesan menos.
No sé si lo sabes,
pero de mi corazón eres la dueña.
Por eso, ahora te lo grito
y esparzo mis palabras al viento,
así lo allegue a tus oídos,
con donosura, el eco.
No sé si lo sabes,
pero hace siglos que te estoy queriendo.

miércoles, 7 de enero de 2009

Le vio...

Hoy le vio.
Caminaba a largos pasos, inclinada la frente. Como siempre, iba
abstraído en sus pensamientos, a saber qué pesadillas lo aturdían
ahora. Lo presintió triste, o quizá fuese el cielo que, augurando lluvia,
teñía todo con esa pátina gris de los días plomizos. Sintió unas
terribles ganas de acercarse a ella y abrazarla, pero, de sobra sabe, que
su atrevimiento no sería bienvenido e, infinitamente menos, la ternura
imposible de enmascarar, que, libre de orgullo, escapaba de su ser.
Desde donde se hallaba, oculta a la austera mirada de ella, le vio pasar,
y su corazón, aún por la nostalgia perturbado, emitió un quejido. Y
hasta los ojos, a aquellos pasos engarzados, asomó una demorada
lágrima, tan insondable que ni siquiera el alma sospechaba que aún
existiera latido en aquella sima, donde se despeñó su amor el día
aquel que ése, que ahora pasa, abandonó su vida.

martes, 6 de enero de 2009

Noches grises

La decadente música no daba tregua, si espantosa era una canción, la
siguiente lo era aún más. Hombres sobrepasada la madurez lucían
ropa de jóvenes citadinos, y patéticamente, se exhibían bailando al
ritmo de un sucedáneo de tango. Bailaban y reían, con esa risa
histérica que provoca la desesperanza o el miedo. Mientras, no perdían
detalle de la jauría humana que ocupaba la sala de fiestas; estaban al
acecho.
Un cincuentón: camisa floreada, escueto jean y botas marrones, llamó
mi atención, quedaba despampanante en su ordinariez. Se acercó a
una chica y la conminó a bailar, mas esta, hizo caso omiso y
continuó impertérrito en el cómodo diván de la discoteca.
Yo había reparado en ella algo antes, era joven, a simple vista
transitaba la primavera de la treintena. Tenía toda la soledad disuelta
en la postura y el desespero nadando en la mirada que, sin ver,
mantenía clavada en la pista de baile. Sobre el exiguo velador, una
copa a medio beber; derretido el hielo hacía buen rato. Durante el
tiempo que allí permanecí no habló con nadie, ni vi en su cara una
timorata sonrisa, ni siquiera el aleteo de una pestaña que indicara que
algo la conmovía. Su soledad me alcanzó.
La noche dio paso a la madrugada y tomando su abrigo, la chica se
dispuso a marcharse y así lo hizo. Sola, tal como había pasado allí las
últimas horas.
Aún tardé un tiempo en abandonar el local; pero cuando salí, aquella
chica de aspecto gris, permanecía en la entrada, bajo la marquesina
de luces de neón que anunciaba el nombre de la discoteca.
Estaba lloviendo, una llovizna flaca y persistente de esa que cala la
ropa. Tomé un taxi, y cuando éste comenzó a circular volví la vista
atrás y desde la luna posterior del vehículo en marcha lo seguí
contemplando hasta que la distancia me hizo perder la perspectiva.
Me pregunté a quién o qué esperaba, y si aún le restaban fuerzas para
seguir aguardando una compañía que ya a esa hora, cuando el
amanecer se despereza, no había llegado. Mientras mi taxi avanzaba
devolviéndome al calor de mi hogar, la imaginé caminando cabizbaja,
regresando a su domicilio con otra noche derrochada arañándole en
los bolsillos.

lunes, 5 de enero de 2009

Maquillando soledades

Tomándola entre sus manos, con toda su fuerza, la abrazó contra su
pecho, y este gesto la reconfortó en su soledad. Sintió en el alma el
calor del contacto, algo parecido a un rayito de sol en febrero. El
corazón casi se le derrite de ternura, y unas lágrimas, excesivamente
ardientes, escaparon de sus ojos; y fueron, tal gotas de lluvia que
empapa la campiña tras semanas de sequía.
Tras restablecerse de su momentánea debilidad, se atusó el pelo, y
con el dorso de la mano, secó los estragos de la salina lluvia en su
semblante. Luego, un tanto avergonzada de su proceder,
cariñosamente la depositó sobre el cubrecama.
…Y allí quedó la muñeca de trapo, impasible, con la mirada ciega de
sus iris de vidrio, ajena al efímero bien que había obrado...
“Para los que de soledad padecen, algo es más que
cero, aunque tan sólo sean unas hebras, de ideado
afecto.”

domingo, 4 de enero de 2009

Visibles e invisibles

Ciertos días, en sus salidas por el barrio, se siente desapercibida para
el mundo que la rodea. Parece que fuese difuminada en el paisaje. Un
ente invisible a todos los transeúntes con que se cruza en el camino.
Sabe que está ahí porque oye el repiqueteo de sus zapatos de tacón
torturando la acera. Escucha su respiración agitada y, de fondo, el
latido porfiado del corazón. Sabe que está ahí porque, además de los
olores característicos de la localidad, también huele la fragancia,
natural y artificial, que su piel por el esfuerzo exhala. Sabe que está
ahí porque su sombra, jugando con el sol, la precede. En ocasiones,
para cerciorarse, hasta acaricia con sus dedos las paredes encaladas
de las viviendas junto a las que transcurre su caminata. Pero con todo
eso, aún se siente incorpórea para los habitantes de la ciudad.
En cambio, otros días, hoy ha sido uno de ellos, presiente que todos
a su paso la divisan: el albañil que, al oír los femeninos pasos, no
duda en dejar endurecer la argamasa y asoma la nariz por entre los
huecos de la construcción
para curiosear y, de paso, lanzar algún requiebro; afortunadamente,
en este caso, nada soez y que viene bien a estas altitudes de la edad,
para dorar el ego; el repartidor de flores, en los brazos acunando
varias varas de nardos, que se hace a un lado para dejar libre el camino; el
peluquero que, mientras corta el cabello a un anciano, de
vez en cuando, mira a través del escaparate, quizás ansiando que
llegue una clientela más pudiente; una vieja amiga que compra un
cupón de la once y con ademanes, más que con palabras, le da los
buenos días; el señor de espalda encorvada y pelo blanco, que cada
mañana acostumbra a leer el periódico a la vez que desayuna en la
terraza de la popular cafetería; la simpática farmacéutica, siempre con
la sonrisa al aire e incluso el marido, tan serio que parece y se le
escapan los ojos tras cualquier falda.
Todos reparan en ella y alguno hasta le dedica un jovial saludo que,
reconocida, repone. Y en ésas se pregunta a qué es debido tanta
atención en esta jornada, calcada a otras y, tras elucubrar un rato,
deduce que la razón la tiene el ruido infernal que su nuevo carrito de la
compra produce al trotar sobre las cuadriculas de la acera.

Lágrimas cautivas

Creyó que había olvidado llorar. No recordaba desde cuando no lo
hacía, y ningún sentimiento de los muchos que vapuleaban sus
sentidos la llevaba al llanto. Sabía que unas lágrimas la expiarían; le
concederían la serenidad que le faltaba; descongestionaría al alma en
su honda congoja. Mas el llanto se le negaba lazándole la garganta y
enturbiándole más y más la razón. Quizás las lágrimas se habían
solidificado. Acaso el corazón, por temor a desgarrarse si daba
libertad al sollozo, les había construido un dique y allí cautivas las
mantenía.
Era alta la madrugada y a ella, que yacía de par en par los ojos, en su
nido de sábanas clamando por un sueño que no acudía a poseerla, le
llegó desde la lejanía la melodía conocida de una canción de otros
tiempos. Se concentró en aquella música, ignorando de qué lugar
procedía, transfiriéndole hasta el amargo hoy un episodio placentero
de su vida pasada.
De repente el alma sufrió un cataclismo que la dejó en carne viva, los
latidos se acrecentaron en el corazón con tanta fuerza que la sangre
se hizo líquida cual agua y mientras las notas de aquella canción
seguían azotando sus recuerdos y besando sus sentidos, el venero de
sus lágrimas estalló y sintió aflorar desde sus ojos un aluvión de sal.
Y lloró por lo perdido, por el irreversible presente y el incógnito futuro.
Lloró por ella misma y lo que fue. Y, lentamente, aceptó su realidad
mientras las lágrimas, tanto tiempo constreñidas, aseaban de norte a
sur su espíritu, dejándola rediviva.
Cuando la balada, que nunca supo si fue un sueño, llegó a su fin,
asombrosamente sintió su cuerpo vigorizado y con las defensas en
alza, para enfrentar la difícil jornada que le aguardaba y que, desde el
tragaluz, ya veía desplegarse…

sábado, 3 de enero de 2009

Sin medias tintas

Podía haber guardado las cuartillas en un cajón con leve olor a
naftalina, para más adelante, con el corazón enternecido y el alma
serenada, retomar la trama. U optar por anular algunos capítulos
enrevesados con cuadriforme goma, aromatizada de fresas. Mas no,
no era hombre de medias tintas y coligió que aquella historia tiempo
ha se le había atravesado, así que, entre sus enormes y curtidas
manos, estrujó el guión y sin esmeros ni pesar lo lanzó a la fuliginosa
papelera…
Y allí, despreciada quedó, la que de haber perseverado, hubiese sido la
obra cumbre de su vida.