domingo, 4 de enero de 2009

Lágrimas cautivas

Creyó que había olvidado llorar. No recordaba desde cuando no lo
hacía, y ningún sentimiento de los muchos que vapuleaban sus
sentidos la llevaba al llanto. Sabía que unas lágrimas la expiarían; le
concederían la serenidad que le faltaba; descongestionaría al alma en
su honda congoja. Mas el llanto se le negaba lazándole la garganta y
enturbiándole más y más la razón. Quizás las lágrimas se habían
solidificado. Acaso el corazón, por temor a desgarrarse si daba
libertad al sollozo, les había construido un dique y allí cautivas las
mantenía.
Era alta la madrugada y a ella, que yacía de par en par los ojos, en su
nido de sábanas clamando por un sueño que no acudía a poseerla, le
llegó desde la lejanía la melodía conocida de una canción de otros
tiempos. Se concentró en aquella música, ignorando de qué lugar
procedía, transfiriéndole hasta el amargo hoy un episodio placentero
de su vida pasada.
De repente el alma sufrió un cataclismo que la dejó en carne viva, los
latidos se acrecentaron en el corazón con tanta fuerza que la sangre
se hizo líquida cual agua y mientras las notas de aquella canción
seguían azotando sus recuerdos y besando sus sentidos, el venero de
sus lágrimas estalló y sintió aflorar desde sus ojos un aluvión de sal.
Y lloró por lo perdido, por el irreversible presente y el incógnito futuro.
Lloró por ella misma y lo que fue. Y, lentamente, aceptó su realidad
mientras las lágrimas, tanto tiempo constreñidas, aseaban de norte a
sur su espíritu, dejándola rediviva.
Cuando la balada, que nunca supo si fue un sueño, llegó a su fin,
asombrosamente sintió su cuerpo vigorizado y con las defensas en
alza, para enfrentar la difícil jornada que le aguardaba y que, desde el
tragaluz, ya veía desplegarse…

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