domingo, 4 de enero de 2009

Visibles e invisibles

Ciertos días, en sus salidas por el barrio, se siente desapercibida para
el mundo que la rodea. Parece que fuese difuminada en el paisaje. Un
ente invisible a todos los transeúntes con que se cruza en el camino.
Sabe que está ahí porque oye el repiqueteo de sus zapatos de tacón
torturando la acera. Escucha su respiración agitada y, de fondo, el
latido porfiado del corazón. Sabe que está ahí porque, además de los
olores característicos de la localidad, también huele la fragancia,
natural y artificial, que su piel por el esfuerzo exhala. Sabe que está
ahí porque su sombra, jugando con el sol, la precede. En ocasiones,
para cerciorarse, hasta acaricia con sus dedos las paredes encaladas
de las viviendas junto a las que transcurre su caminata. Pero con todo
eso, aún se siente incorpórea para los habitantes de la ciudad.
En cambio, otros días, hoy ha sido uno de ellos, presiente que todos
a su paso la divisan: el albañil que, al oír los femeninos pasos, no
duda en dejar endurecer la argamasa y asoma la nariz por entre los
huecos de la construcción
para curiosear y, de paso, lanzar algún requiebro; afortunadamente,
en este caso, nada soez y que viene bien a estas altitudes de la edad,
para dorar el ego; el repartidor de flores, en los brazos acunando
varias varas de nardos, que se hace a un lado para dejar libre el camino; el
peluquero que, mientras corta el cabello a un anciano, de
vez en cuando, mira a través del escaparate, quizás ansiando que
llegue una clientela más pudiente; una vieja amiga que compra un
cupón de la once y con ademanes, más que con palabras, le da los
buenos días; el señor de espalda encorvada y pelo blanco, que cada
mañana acostumbra a leer el periódico a la vez que desayuna en la
terraza de la popular cafetería; la simpática farmacéutica, siempre con
la sonrisa al aire e incluso el marido, tan serio que parece y se le
escapan los ojos tras cualquier falda.
Todos reparan en ella y alguno hasta le dedica un jovial saludo que,
reconocida, repone. Y en ésas se pregunta a qué es debido tanta
atención en esta jornada, calcada a otras y, tras elucubrar un rato,
deduce que la razón la tiene el ruido infernal que su nuevo carrito de la
compra produce al trotar sobre las cuadriculas de la acera.

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