martes, 6 de enero de 2009

Noches grises

La decadente música no daba tregua, si espantosa era una canción, la
siguiente lo era aún más. Hombres sobrepasada la madurez lucían
ropa de jóvenes citadinos, y patéticamente, se exhibían bailando al
ritmo de un sucedáneo de tango. Bailaban y reían, con esa risa
histérica que provoca la desesperanza o el miedo. Mientras, no perdían
detalle de la jauría humana que ocupaba la sala de fiestas; estaban al
acecho.
Un cincuentón: camisa floreada, escueto jean y botas marrones, llamó
mi atención, quedaba despampanante en su ordinariez. Se acercó a
una chica y la conminó a bailar, mas esta, hizo caso omiso y
continuó impertérrito en el cómodo diván de la discoteca.
Yo había reparado en ella algo antes, era joven, a simple vista
transitaba la primavera de la treintena. Tenía toda la soledad disuelta
en la postura y el desespero nadando en la mirada que, sin ver,
mantenía clavada en la pista de baile. Sobre el exiguo velador, una
copa a medio beber; derretido el hielo hacía buen rato. Durante el
tiempo que allí permanecí no habló con nadie, ni vi en su cara una
timorata sonrisa, ni siquiera el aleteo de una pestaña que indicara que
algo la conmovía. Su soledad me alcanzó.
La noche dio paso a la madrugada y tomando su abrigo, la chica se
dispuso a marcharse y así lo hizo. Sola, tal como había pasado allí las
últimas horas.
Aún tardé un tiempo en abandonar el local; pero cuando salí, aquella
chica de aspecto gris, permanecía en la entrada, bajo la marquesina
de luces de neón que anunciaba el nombre de la discoteca.
Estaba lloviendo, una llovizna flaca y persistente de esa que cala la
ropa. Tomé un taxi, y cuando éste comenzó a circular volví la vista
atrás y desde la luna posterior del vehículo en marcha lo seguí
contemplando hasta que la distancia me hizo perder la perspectiva.
Me pregunté a quién o qué esperaba, y si aún le restaban fuerzas para
seguir aguardando una compañía que ya a esa hora, cuando el
amanecer se despereza, no había llegado. Mientras mi taxi avanzaba
devolviéndome al calor de mi hogar, la imaginé caminando cabizbaja,
regresando a su domicilio con otra noche derrochada arañándole en
los bolsillos.

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